SEBASTEN
Cruzo el umbral de la mansión y el aire me azota la nariz con un rastro químico que despierta de golpe todas mis alertas biológicas. No es el virus. Es el rastro rancio y pretencioso de otro Alfa.
Gabriela sale a mi encuentro en el vestíbulo, con el rostro desencajado y los pasos apurados. No le doy tiempo ni de saludar.
—¿Qué demonios hace el olor de Fayir en mi sala, Gabriela? —le espeto, con la voz vibrando en esa frecuencia baja que hace temblar los cristales.
—Señor, llegó hace un