REYNOLDS:
Sentado en mi despacho con Simón frente a mí, que tenía una expresión de desconcierto que me hacía querer reír, esperaba a que hablara. La llegada de Cristín era un hecho desconcertante. Nuestra manada tenía leyes estrictas que no permitían que extraños llegaran al poblado como lo había hecho ella.
—¿Y bien? ¿Cómo pudo llegar sin que la detuvieran? —pregunté al ver que no decía nada.
—No lo sé. Todos los guardias dicen que creían que era el auto de una de las lobas de la manada que tr