El cielo rugía como un animal herido.
James, en su forma dracónica, embistió a Gwyddyon con un rugido que desgarró las nubes. Las llamas que brotaban de su garganta no eran solo fuego: eran venganza, dolor y amor comprimidos durante siglos.
—¡¿Dónde están los padres de Electra?! —rugió, sus alas desplegadas como dos muros ardientes—. ¡Respóndeme, bruja!
Gwyddyon sonrió, impasible, sus ojos negros como pozos sin fondo. Vestía de sombras, y su cuerpo ya no era del todo humano. Su piel estaba marc