Los hechiceros oscuros estaban furiosos.
Eso no debía pasar.
El dragón oscuro tenía que estar del lado de Gwyddyon.
Pero no todo estaba perdido.
Una sonrisa torcida se dibujó en los labios de Kaira. Sabía cómo voltear el juego a su favor.
—Kael, ¿sabes que no tienes que cambiar? Gwyddyon te acepta tal y como eres —intentó convencerlo, con voz seductora.
Lo que no sabía es que no solo era Kael.
Era James.
Eran ambos.
Y estaban decididos a terminar con aquella guerra.
—No vengo en ayuda de nadie.