El aire en la ladera de la Montaña de Mármol se sentía pesado, como mercurio que se introdujera en los pulmones.
Un silencio desgarrador les dio la bienvenida a Aria, Alaric y Lucian.
Frente al puente antiguo que conducía al santuario de la Diosa, Silas permanecía firme pero frágil.
Su túnica desgarrada ondeaba con el viento que llevaba el olor a muerte, y la Hoja del Eclipse en su mano emitía una extraña luz púrpura oscura.
Aria saltó de su caballo; su corazón latía con fuerza entre el anhe