Esa noche, la Capital parecía desierta, como si la ciudad estuviera reteniendo la respiración tras el terremoto político que había derribado el Consejo de Ancianos.
La luz de la luna bañaba la terraza del pabellón médico con un pálido brillo plateado, proyectando sombras largas sobre los pilares de mármol agrietados.
Al final de la terraza, Silas estaba sentado en un sillón de ruedas de madera, su cuerpo envuelto en una bufanda plateada que le había regalado Aria.
Su apariencia contrastaba e