El silencio que cayó sobre los patios del Palacio Obsidiana después de la destrucción de Valerius resultó más doloroso que cualquier estruendo de guerra.
El mundo parecía haber perdido su voz.
El viento dejó de soplar, y el polvo dorado restante del cuerpo del ex emperador flotó estático en el aire, atrapado en los restos de la manipulación temporal que aún no se había disipado por completo.
Sin embargo, en el centro de ese vacío, el grito interior de Aria rompió todo.
¡Luciano! No... no, es