El silencio en el despacho era insoportable. Arianna, con el rostro desencajado, se levantó de golpe. Su voz salió rota, pero firme:
—No quiero estar aquí… no quiero escuchar nada más… me quiero ir.
Ravenna bajó la mirada, tragándose la punzada de dolor que esas palabras le dejaron en el pecho. Greco tomó aire, buscando no perder la compostura.
—Está bien —dijo con tono controlado—. Nos vamos.
Se giró hacia Ravenna, su voz seca pero educada.
—Gracias por decirle la verdad. Nos llevamos esta car