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Capítulo 6 — Cinco días

La respuesta de mi padre llegó recién por la mañana, cuando Emilio ya se había ido a la oficina con esa misma tranquilidad falsa que había traído la noche anterior.

Te doy cinco días para organizar todo con cabeza fría: papeles, activos, lo que sea tuyo por derecho. Ni un día más. Cuando estés lista, avísame y mando a buscarte. No hagas ningún movimiento brusco antes de eso.

Cinco días. Los conté, literalmente, marcándolos en el calendario de mi despacho con una discreción que ya se había vuelto costumbre en mí.

El primer día lo dediqué a Bautista. Lo cité en el despacho con la excusa de revisar el protocolo de seguridad para un viaje de Lucía a la costa que en realidad no existía, y en cuanto cerré la puerta, le conté el plazo exacto que me había dado mi padre.

—Cinco días —repitió, sin sorprenderse—. Es poco tiempo para mover todo lo que usted tiene pensado mover.

—Es el tiempo que hay. Necesito que empieces a pensar en la logística de la salida: qué auto, qué ruta, a qué hora del día es menos probable que alguien note movimiento raro en el portón.

—Ya lo estuve pensando, doña Renata. Desde la noche que Camila apareció en esta casa.

No le pregunté cómo sabía, con esa certeza absoluta, que había sido Camila. Bastó con mirarlo un segundo para entender que Bautista llevaba semanas atando los mismos cabos que yo, en silencio, desde su propio lugar.

El segundo día fue Fernanda quien ocupó la mayor parte de mi atención. Hablamos dos veces por videollamada, con las cortinas del despacho cerradas y el volumen bajo, revisando cláusula por cláusula los documentos que iban a formalizar mi salida.

—Esto de aqui —señaló, compartiendo la pantalla— es lo más delicado. La transferencia de gestión de la naviera a tu nombre directo, sin pasar por la sociedad conjunta con Emilio. Si lo hacemos ahora, silencioso, nadie lo va a notar hasta que tú misma decidas mostrarlo. Si esperamos, se vuelve mucho más difícil de justificar legalmente.

—Hazlo ahora.

—Renata, una vez que esto esté firmado, no hay vuelta atrás. Ni para ti ni para él.

—Fernanda, hace ocho meses que no hay vuelta atrás. Lo único que estamos haciendo ahora es que el papel finalmente diga la verdad.

Ella asintió del otro lado de la pantalla, y sin decir nada más, empezó a preparar los documentos.

Los primeros tres días transcurrieron, puertas afuera, sin sobresaltos. Seguí administrando la naviera, el fondo, los hoteles, cerrando en silencio cada cabo suelto que pudiera necesitar después. Emilio, mientras tanto, se volvió extrañamente atento. Llegaba temprano, cenaba con nosotras, jugaba con Lucía en el jardín con una dedicación que no le había visto en meses.

Una de esas noches, viéndolo arrodillado en el pasto, dejando que Lucía le trenzara el pelo con esa paciencia infinita que solo tienen los padres cuando de verdad quieren a sus hijos, sentí algo incómodo y traicionero: una fracción de segundo de duda. ¿Y si me estaba equivocando? ¿Y si esa ternura, aunque tardía, era real?

La duda no duró mucho. Esa misma noche, mientras acostaba a Lucía, la niña me preguntó, con esa inocencia que todavía no sabe medir el peso de sus propias palabras, por qué papá había estado "raro" últimamente, tan cariñoso de golpe. Se lo pregunté yo también, en silencio, mientras le apagaba la luz. Y la única respuesta honesta que encontré fue que un hombre no cambia de la noche a la mañana solo porque quiere hacerlo mejor: cambia cuando cree que está a punto de perder algo, y deja de esforzarse en cuanto vuelve a sentirse a salvo. Emilio no estaba enamorándose de nuevo de mí. Estaba actuando, con la misma ternura calculada que le había visto usar con Camila en el patio, para asegurarse de que yo no notara nada distinto.

Lo que no supe hasta el cuarto día fue que esa misma sensación de haber salido ileso lo estaba volviendo descuidado en otro frente completamente distinto.

Lo que no supe hasta el cuarto día fue que esa misma sensación de haber salido ileso lo estaba volviendo descuidado en otro frente completamente distinto.

Esa tarde, mientras yo revisaba contratos en el despacho, mi teléfono vibró con un mensaje de un número que no tenía guardado. Nunca le había dado mi contacto a Camila, ni ella al mío, pero no hizo falta más que leer la primera línea para saber exactamente quién estaba del otro lado.

Adjunta venía una fotografía: una pulsera nueva, distinta a la que Emilio ya me había regalado a mí, esta con un diseño más audaz, más caro, todavía envuelta en el papel de la joyería.

Mira cómo me mima a mí. A ti, nada, ¿no? Disfruta tus últimos días de reina, Renata. Ya sé que Emilio te va a dejar tarde o temprano. Solo es cuestión de tiempo.

Leí el mensaje dos veces, esperando sentir algo parecido a la furia que sin dudas ella esperaba provocar. En cambio, sentí algo mucho más parecido al alivio. Camila, sin saberlo, acababa de confirmarme que mi salida no era una derrota sino la jugada correcta en el momento exacto: mientras yo desmontaba en silencio un imperio entero, ella todavía perdía el tiempo compitiendo por pulseras, tan segura de haber ganado algo que ni siquiera sospechaba que estaba a punto de perder.

No le respondí. Guardé el mensaje, junto con la foto, en la misma carpeta donde llevaba semanas archivando cada prueba, y apagué el teléfono el resto de la tarde. Ya no necesitaba reaccionar a nada de lo que Camila hiciera. Al día siguiente, cuando el plazo de mi padre se cumpliera, iba a estar demasiado lejos de esa casa como para que sus mensajes siguieran significando algo.

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