Traté de concentrarme en el trabajo, pero no pude. Parecía un león enjaulado, caminando de un lado a otro dentro de la oficina. Me acerqué a la licorera y me serví un whisky tras otro, pero nada parecía calmar la angustia que había en mí. Me maldije una y otra vez por estar así.
Tomé las llaves de mi auto y me fui a la mansión, con mi asistente pisándome los talones. Ese maldito hombre no comprendía la frase “quiero estar solo”. Se lo repetí unas diez veces, pero no se marchó.
En casa las cosas