El eco de los aullidos, ahora más cercanos y resonantes, parecía sacudir los cimientos mismos del Monasterio de la Sombra. No eran aullidos de dolor o desesperación, sino un llamado ancestral, un grito de guerra que anunciaba la llegada de Lysander y su manada. Para Aeric, ese sonido era un bálsamo, una promesa de que la soledad y la incertidumbre que lo habían atena