La luz del atardecer se filtraba a través de las cortinas de la habitación cuando Rocco llamó a mi puerta. No llevaba una bandeja con té, ni una nota, ni una disculpa. Llevaba una pregunta formulada con una torpeza que me resultó más conmovedora que cualquier gesto ensayado.
—Verónica —dijo, desde el pasillo —Esta noche no quiero dormir solo.
—¿Y qué quieres?
—Quiero dormir contigo, no como esposos forzados, no como un contrato, sino como una elección.
La frase se colgó en el aire como un desaf