La tarde había caído sobre la mansión con una suavidad que contrastaba con la tormenta de emociones que llevaba dentro. Después de la ecografía, después del encuentro con Isabel, después de que Rocco me tomara la mano y me dijera que no había nadie más, algo dentro de mí se había movido. No era miedo, ni duda, ni incertidumbre. Era la certeza de que, aunque el camino hubiera sido difícil, estábamos llegando a un lugar donde el amor era real.
Me quedé en el vestíbulo mientras Rocco subía a su es