La noche se cerraba sobre la ciudad como una manta de sombras y silencio. El coche de Rocco avanzaba por las calles desiertas, pero el rugido del motor apenas era un eco en comparación con el torbellino de pensamientos que giraban en mi cabeza. Las palabras de la confesión aún resonaban en el aire: “Estoy embarazada. Y es tuyo.” Pero en lugar de sentir alivio, sentía un vacío helado que se extendía por mi pecho.
Rocco conducía con las manos firmes sobre el volante, pero su mandíbula estaba más