La habitación del hospital se había vuelto una celda de silencio y espera. El reloj marcaba las diez de la noche cuando Rocco se levantó de la silla y caminó hacia la ventana. Llevaba más de una hora sentado a mi lado, sin hablar, sin preguntar. Pero su silencio era más elocuente que cualquier palabra. Sentía que estaba esperando algo, aunque no supiera qué.
—Verónica —dijo finalmente, sin volverse —Los médicos dijeron que estás estable, que puedes irte a casa mañana por la mañana si descansas.