El silencio de la mansión se había vuelto un compañero constante en los días siguientes a nuestra conversación sobre la carta. Pero esa tarde, mientras Verónica se movía por la cocina preparando algo de té, el timbre de su teléfono rompió la quietud con una agudeza que me puso en alerta. No era mi teléfono, era el suyo, un sonido que apenas recordaba haber escuchado antes.
—¿Sí? —dijo ella, con un tono sorprendido—. ¿Ricardo? No esperaba tu llamada.
No pude evitar tensarme, Ricardo, un nombre,