La noche se había vuelto más profunda cuando Rocco terminó de leer la carta de mi padre. La había sostenido en sus manos durante un largo momento, con los ojos fijos en las palabras escritas con tinta negra, como si estuviera tratando de grabar cada sílaba en su memoria. Yo permanecí a su lado, observando cómo su expresión cambiaba lentamente, cómo la rigidez de su mandíbula se suavizaba y cómo sus dedos se cerraban sobre el papel como si temiera que desapareciera.
—Verónica —dijo finalmente, c