La mansión que alguna vez había sido mi jaula dorada nos recibió, días después, completamente transformada. Carlos y todo el personal nos esperaban en la entrada con un cartel enorme, pintado a mano, que decía «Bienvenido, Arturo Alejandro», y por primera vez desde que había cruzado esa entrada bajo un contrato firmado a la fuerza, entré sintiendo, de verdad que llegaba a un hogar y no a una prisión con vista a los jardines.
—Bienvenido a casa, campeón —dijo Carlos, con los ojos brillantes de u