Pasaron dos días desde el arresto de Valdés antes de que la casa volviera a sentirse, aunque fuera solo un poco, como un hogar y no como una fortaleza en alerta permanente. Los guardias adicionales seguían en su lugar, las cámaras de la zona oeste seguían encendidas día y noche, pero algo en el ritmo de la mansión se había aflojado, como si todos —Carlos incluido— se hubieran permitido, por fin, bajar un grado la tensión que llevábamos cargando desde la fotografía.
En esos dos días, casi sin pr