La oficina de Ricardo Valdés ocupaba una esquina discreta del piso veintitrés de la Torre Merid, dos calles al norte de nuestras propias oficinas, con vista a los jardines botánicos que él mismo había mencionado alguna vez, con orgullo, haber ayudado a financiar.
Llegamos sin avisar, poco después de las nueve de la mañana, con la carpeta de cuero y el sobre sellado dentro de un maletín que Rocco no soltó en ningún momento del trayecto.
No hablamos mucho durante el camino. Habíamos discutido ca