En el momento que el motor del auto se detiene con un ronroneo profundo, el silencio que lo sigue parece envolver todo a su alrededor. Buscando llamar todas sus emociones a la calma, Anastasia permanece sentada en el auto por unos minutos más.
Sus dedos tensos se aferran con fuerza al volante, mientras que ojos se fijan en la majestuosa figura de la hacienda. Después de tantos años, la Romanovskaya se alza frente a ella, imponente, atrapante, pero lamentablemente desprovista del brillo de antañ