En medio de las secuelas del secuestro de Olegda, Andrés se encontró hundiéndose en un estado de constante ansiedad y miedo. La amenaza de perder a Olegda lo había sacudido hasta la médula, dejándolo sintiéndose impotente y vulnerable. Una noche, mientras las luces de la ciudad brillaban fuera de su ventana, el teléfono de Andrés vibró con un mensaje entrante.
Lo cogió y vio un número desconocido, acompañado del nombre —Tom—. La curiosidad se mezcló con la sospecha, pero Andrés abrió el chat p