El penthouse estaba en silencio. Demasiado silencio. Yo estaba sentada en el sofá de la sala de estar, con las manos entrelazadas sobre el regazo y la mirada fija en la puerta. Había pasado una hora desde que terminó mi sesión de fisioterapia. Luego otra. Y otra más.
Maximilian no llegaba.
Me había arreglado con esmero. El vestido gris claro, el cabello suelto, un toque de labial. No podía dejar de pasar mi mano por mi cabello, asegurándome de estar presentable. ¿Era normal qué me estuviera a