Mundo de ficçãoIniciar sessãoSofía Wexler y Marcus Blackstone se casaron jóvenes y enamorados, y fruto de ese amor, engendraron a la hija que Sofía llevaba en su vientre. Sus vidas no podían ser más perfectas, eran la pareja del momento y su relación estaba basada en el respeto, la confianza y el amor. Hasta que una fatídica noche, un accidente provocado por enemigos ocultos, lo cambió todo para siempre. Al despertar en el hospital; sola y asustada, Sofía se enfrentó con la realidad de un vientre vacío. Su suegra y el resto de la familia Blackstone le aseguraron que su bebé había muerto… y que Marcus la había desterrado de su vida por traición. Acusada falsamente de robar a la empresa familiar, Sofía no solo fue arrancada de todo lo que amaba, sino que después de casi tres meses de haber estado en coma, se entera de que había sido declarada como muerta y que Marcus… ¡Su Marcus! Estaba a punto de casarse con otra mujer. Rota y con el alma hecha trizas, Sofía se va del país, llevándose consigo la corazonada de que su hija estaba vida y la certeza de que regresaría para cobrar venganza. Cinco años después, la fotografía de una niña con ojos increíblemente azules y de la misma edad de la hija que le hicieron creer que ella había perdido, alimenta las esperanzas de Sofía. Es entonces cuando decide regresar a Nueva York con una sola misión: desenmascarar la verdad, descubrir si esa niña es su hija… y hacer que la familia Blackstone pague por todo lo que en el pasado le arrebataron.
Ler mais“Cuando Lauryn, el primer amor del Alfa Lacron, murió, él se quedó a su lado llorando. Dos años atrás la había dejado para casarse conmigo, atrapado por una promesa de sangre que no podía romper, y ahora el arrepentimiento lo consumía
Cuando me miró sus ojos estaban llenos de rabia, y odio.
—¡Tú me robaste a mi mate, a mi primer y único amor! ¡Tú eres quien debió morir! —dijo y se lanzó como una bestia oscura contra mí.
Rogué a la Diosa Luna que, si tenía otra oportunidad, otra vida, no me permitiera volver a amarlo…”
Meissa despertó con un grito.
La manada se debatía en un aullido de dolor visceral.
Se levantó de un salto, las sábanas cayendo a su alrededor.
Sus pies tocaron el frío suelo, y por instinto corrió hacia la ventana del dormitorio. Sus manos temblaban al apoyarse en el marco; su corazón latía tan rápido que creía que iba a estallar.
Desde allí lo vio todo.
El patio de la manada, lugar de celebraciones y victorias, ahora se había transformado en un cementerio de gritos.
Los alaridos desgarradores atravesaban las paredes del castillo y hacían que su piel se erizara.
No eran voces normales. Eran lamentos que desgarraban el alma, llenos de rabia, dolor y desesperanza.
Los guardias avanzaban con solemnidad, cargando un féretro oscuro. La madera absorbía la luz del sol, como si el mundo mismo se negara a presenciar la escena.
Las doncellas se arrodillaban, llorando a solas, y cada paso, cada respiración colectiva, parecía un golpe directo al corazón de Meissa.
Entonces, su sirvienta leal se acercó.
—Luna Meissa, ha muerto, Lady Lauryn murió en la manada de los enemigos, no soportó estar casada con el Alfa de la manada Oscura y se suicidó.
El corazón de Meissa se detuvo cuando lo vio.
Lacron. Su esposo, su Alfa, de rodillas ante la muerte. Sus ojos rojos, inflamados de dolor, clavados en la caja que contenía… Lauryn. Su primer amor. Su verdadera mate. La loba a la que él había renunciado por ella.
El grito de Lacron no era humano. Era animal, visceral, desgarrador. Su lobo interior rugía de rabia y dolor.
Meissa retrocedió, intentando escapar de ese dolor que se sentía injusto, pero no había refugio.
Su mundo se derrumbaba delante de sus ojos.
Y luego… la madre de Lauryn apareció. Su llanto no era contenido: era un rugido que desgarraba el alma, un dolor tan absoluto que cada lobo presente se estremeció.
Meissa sintió que cada lágrima que caía sobre ella era un golpe, una acusación muda.
Corrió, salió a toda prisa al patio. Toda la manda sentía el dolor del Alfa.
De pronto, volvió a la realidad, y sintió una mirada contra ella, una mirada cruel y letal.
Era Lacron. Sus ojos, rojos y feroces, brillaban con ira y dolor. Su lobo se agitaba dentro de él, salvaje, imposible de contener.
Meissa sintió un escalofrío recorrer su espalda.
—¡Tú! —rugió Lacron, la voz desgarrada—. ¡Tú la mataste! Era mi mate, mi destinada… ¡Murió por tu egoísmo!
Meissa apenas podía hablar, un hilo de voz quebrado se escapó:
—Lacron… Tú elegiste ser mi compañero, ¿Cómo dices esto? ¿Nunca pudiste amarme siquiera una vez?
Él soltó una carcajada amarga, cruel. Cada palabra era un látigo que le atravesaba el pecho.
—¿Por qué te amaría? —escupió—. Cumplí la promesa a tu madre. Me casé contigo… pero nunca te amé. Nunca. Cada noche junto a ti fue un deber. Y ahora… ahora que ella está muerta, la muerte debió ser tuya.
Su lobo interior aulló. Cada palabra era fuego. Cada gesto, una daga. Meissa sintió que su mundo se fragmentaba.
Lacron la miraba con odio.
Meissa se levantó, y corrió alejándose, aplastando su alma.
Al llegar a su habitación, cayó de rodillas.
Ella se abrazó a sí misma, cayó de rodillas y lloró hasta quedar sin lágrimas.
—Me odia… —susurró—. Nunca me amó…
***
El día siguiente la encontró agotada.
No había dormido, y el cansancio la envolvía como niebla espesa.
De repente, los guardias entraron y la sujetaron con fuerza por los brazos.
—¡Suéltenme! —gritó—. ¿A dónde me llevan?
No obtuvo respuesta.
La llevaron al paredón, el lugar donde el Alfa dictaba sentencia sobre los traidores.
Allí estaba Lacron, con Ralf, el Alfa Emérito, y la madre de Lauryn, su mirada vacía y fría.
—¡Asesina! —le gritaba la madre de Lauryn y la misma manada Cuerno de plata también se lo gritaba.
Su loba aullaba ante la humillación y el dolor.
—Yo, Lacron, Alfa de Cuerno Plata —declaró con voz helada—, te rechazo, Meissa. Como mi pareja. Como Luna de esta manada.
Un murmullo recorrió la manada. El vínculo se quebró. El aire se llenó de tensión, de miedo y de dolor.
—Si hay otra vida —continuó—, nunca volveré a elegirte, como esposa.
Meissa sintió cómo cada palabra se clavaba en su corazón. Pero algo dentro de ella se encendió: una llama fría de determinación.
—Yo, Meissa de Cuerno Plata —dijo, con voz firme—, acepto tu rechazo. Y te rechazo como mi Alfa. Si hay otra vida… nunca volveré a amarte.
El lazo se quebró.
El dolor fue insoportable.
Cayó de rodillas, su loba retorciéndose dentro de ella, gritando su furia y desesperación.
Entonces, vio como Lacron tomaba una espada de plata, la que usaba para matar a enemigos, supo que ahora ella era su peor enemiga.
“Lacron… una vez te amé tanto… ¿Y ahora, así me pagas mi amor y lealtad?”
—Meissa, tu egoísmo mató a mi Lauryn, ahora, yo te mataré a ti.
La espada atravesó su pecho, haciéndola escupir sangre, ella cayó en una lenta agonía.
Pero antes de que la oscuridad la reclamara, vio cómo una flecha atravesaba el cuello de Lacron… otra, y otra.
Gritos. Guerra. La manada de la Luna Oscura atacaba.
Lacron cayó, moribundo, y Meissa lo miró, con la tristeza y la rabia, mezclándose en cada latido de su corazón.
Había amado demasiado… y la habían traicionado.
Sus ojos se cerraron, intentó atrapar una última bocanada de aire, y no pudo, se desvaneció; había muerto.
La enfermera cerró la puerta de la habitación con suavidad, dejando un silencio pesado y frío que envolvía a Oliver. Su rostro pálido, los párpados caídos, revelaban el agotamiento de semanas sin dormir, sin comer… había dejado de ser él mismo. Ahora tumbado en aquella cama con una herida a un costado de su cuerpo, gravemente lastimado.— ¿Va a estar bien? — la ahora reconocida voz del hombre del otro lado tomó a la enfermera por sorpresa.— ¿Otra vez usted? No entiendo como no lo han sacado de aquí ya — le respondió la mujer con intriga.— No me moveré de aquí hasta saber cómo esta.— Ya se lo he dicho, está estable.— Entonces… ¿por qué no me permite verlo?— Porque es un recluso que no tiene permitido recibir visitas, y tampoco está en condiciones de hacerlo.— Pero acaba de decir que está estable. ¿Me está mintiendo?La mujer soltó el aire contenido y lo miró directo a los ojos.— Escucha, Hugo, ¿verdad? El hombre que está detrás de esa puerta ha sido herido de gravedad. No fue… un
El sol se filtraba por los grandes ventanales del baño principal, inundando la habitación con una claridad suave, casi dorada. La tina blanca, rebosante de agua tibia y pétalos de rosa, se encontraba en el centro, y Sofía, con el rostro perlado en sudor, respiraba con fuerza, aferrada a las manos de su partera y de Marcus, que no se movía de su lado ni un segundo.— Ya casi, amor. Solo un poco más — murmuró Marcus, besando su frente empapada—. Eres increíble. Lo estás haciendo perfecto.Sofía solo asintió con los ojos entrecerrados, luchando contra el dolor, pero llena de una calma extraña. Afuera, Camila esperaba sentada en la sala, con un peluche entre las manos, mientras Eve la acompañaba y le explicaba con ternura lo que estaba pasando. Camila tenía una mirada ansiosa, pero también emocionada.El ambiente era cálido, contenido, lleno de amor.Un grito breve y fuerte salió de los labios de Sofía, y de pronto el silencio fue roto por un sonido nuevo, puro, hermoso: el primer llanto d
El anillo brillaba bajo la tenue luz de la habitación cuando Alex se arrodilló ante Eve. Estaban en la cima de un rascacielos, en una cena organizada solo para ellos dos, con la ciudad iluminada como testigo. Eve estaba en shock, pero cuando lo miró a los ojos y vio todo el amor contenido en ellos, no dudó un segundo.— Sí — susurró, riendo entre lágrimas —. Claro que sí, Alex. Dios, esto es… maravilloso. ¡Un sueño! Es tan perfecto.Desde ese día, fueron más que una promesa: se convirtieron en un hogar.Durante el embarazo, Alex fue insuperable. Cada día traía algo distinto: jugo natural a las cinco de la mañana, paseos al parque con música clásica en los audífonos de Eve, y hasta un cuaderno donde anotaba cada antojo para intentar replicarlo o encontrarlo. La adoraba. Cada cambio en su cuerpo, cada molestia, la vivía con ella. Si a Eve le dolía la espalda, a Alex le dolía el alma.Pero el pasado… el pasado nunca se iba del todo. Y durante esos meses, tuvieron que afrontarlo.Fue una t
Un mes más tarde.— ¿Tomaste tus vitaminas? —preguntó Alex, asomándose por la puerta del vestidor, con una ceja alzada y los brazos cruzados.Eve giró desde el espejo, ajustándose los aretes. Llevaba un vestido fluido en tonos claros, elegante pero cómodo, con los tacones que había elegido a juego. Sonrió.— Sí, Alex. Las tomé.— ¿Y esos tacones no están muy altos? ¿Llevas el medicamento para las náuseas? Tengo el auto con el tanque lleno por si en medio de la ceremonia se te antoja algo de China, porque no pienso fallarte — dijo él, enumerando con una mezcla de seriedad y ternura desbordante.Eve no pudo evitar reírse y caminar hacia él, tomándole la cara entre las manos.— Estás completamente loco, ¿lo sabías? Pero así te amo.— ¿Qué...? —murmuró él, con los ojos abiertos —. Espera... ¿Escuché bien?Ella retrocedió un paso, apenada.— ¿Qué?— Eso último. ¿Lo puedes repetir?Eve le sostuvo la mirada. Había llegado el momento. Respiró hondo, y lo dijo sin temblores.— Te amo, Alex.Ale
Semanas después…El atardecer bañaba el cielo de tonos dorados y rosados, fundiéndose con la brisa tibia que llegaba desde el jardín trasero de la casa. La ciudad quedaba lejos. Esa noche no existía más que ese instante: la mesa servida bajo guirnaldas de luces, la risa de Camila corriendo descalza sobre el césped, y el corazón liviano de una familia que por fin respiraba en paz.Sofía, con un vestido blanco de algodón que le caía suavemente sobre los hombros, miraba a su hija reír junto a Alex, que hacía trucos con las cartas mientras Eve servía limonada en vasos altos. Todo era armonía.Marcus apareció desde la cocina, con una botella de vino para enfrían en el jardin y una sonrisa que no podía ocultar. Sus ojos encontraron a Sofía, y se detuvieron en ella como si cada paso dado valiera solo por volver a verla feliz. Luego cada uno volvió a lo suyo en aquella preciosa tarde.— Últimamente… noto un brillo extraño en tu mirada — le dijo Sofía a Eve.Su amiga dejó las bebidas sobre la m
El Palacio de Justicia de Nueva York estaba rodeado de cámaras, reporteros y curiosos. Las noticias ya habían recorrido el país: "El caso Blackstone llega a juicio final", "Testimonios, traiciones y verdades ocultas saldrán a la luz". El escándalo había sacudido los cimientos de una de las familias más poderosas y, por primera vez, los protagonistas no eran los empresarios… sino los secretos que los habían marcado.Una camioneta negra se detuvo frente a los escalones principales. Las cámaras giraron al instante. Micrófonos. Gritos. Flashes.Marcus bajó primero.Impecable, imponente, vestido con un traje negro perfectamente ajustado y una mirada que destilaba frialdad y determinación. Extendió la mano de inmediato y ayudó a Sofía a bajar. Ella llevaba un conjunto color crema, elegante pero sobrio. Su cabello recogido, su expresión serena. Hermosa. Firme. Inquebrantable.— ¿Sofía, es cierto que su propia madre está involucrada?— ¿Qué tiene para decir sobre los cargos?— ¿Está preparada





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