El silencio de la derrota volvió más pesado el aire impidiendo a Soledad respirar. Ella tomó varios sorbos del suero y abrió la ventana para sentir el aire en la cara. La densa oscuridad no dejaba ver nada, la espesa niebla detenía su marcha haciendo que el recorrido cada vez sea más largo, el frío que le golpeaba la hizo tiritar.
Cerró la ventana, se acomodó en el asiento y cerró los ojos. Intentó controlar la respiración y, después de una larga batalla por sobreponerse, se quedó dormida. Su