Brenda le indicaba a Soledad lo que aprendió con su padre y el otro instructor mientras caminaba, tal y como le pidió Soledad. De repente, llegó Gastón, el encargado de mantenimiento de los establos, y reprendió a Soledad sin siquiera saludar:
—¡Hey, señora! A esta hora es peligroso que la niña esté practicando y ese caballo no lo pueden usar.
Soledad solicitó a Brenda que continuara con caminatas suaves mientras hablaba con él.
—¿Por qué no lo podemos usar? ¿Acaso le faltan vacunas o el carné para la inscripción en la competencia?
El encargado, con aires de superioridad, comentó:
—El caballo tiene toda la documentación, pero llegó apenas ayer. La niña entrenaba con el caballo gris del tercer establo.
Soledad escuchó y luego gritó a Brenda:
—¡Quiero que hagas dos saltos en las vallas más bajas!
Con la seguridad de quien conocía al caballo de toda su vida, Brenda ejecutó los saltos.
Soledad miró al encargado y replicó:
—¿Cambiar al caballo? ¡Ni hablarlo! los dos hacen una dupla perfect