Soledad, en la pequeña casa de David, se puso a preparar su maleta, observó todo y sonrió con amargura. Hizo una maleta ligera, luego salió al pequeño establo donde estaban Iris y Zaino con su potrillo.
—Me voy, Zaino, cuida mucho de Iris y Carbón, no se les ocurra hacer travesuras, ya no voy a estar para defenderlos.
Iris se acercó a ella, sus grandes ojos se encontraron con la mirada cargada de tristeza de Soledad, sacudió la cabeza y su triste relinchido se unió al de Zaino.
—¿No piensa desp