De nuevo al ruedo

Soledad, en la pequeña casa de David, se puso a preparar su maleta, observó todo y sonrió con amargura. Hizo una maleta ligera, luego salió al pequeño establo donde estaban Iris y Zaino con su potrillo.

—Me voy, Zaino, cuida mucho de Iris y Carbón, no se les ocurra hacer travesuras, ya no voy a estar para defenderlos.

Iris se acercó a ella, sus grandes ojos se encontraron con la mirada cargada de tristeza de Soledad, sacudió la cabeza y su triste relinchido se unió al de Zaino.

—¿No piensa despedirse de mí? —dijo William con una carga de resentimiento en la voz— Todos estos días juntos y no me dijeron nada.

Soledad se abrazó a él.

—Gracias por todo, William, el irme ha sido una decisión apresurada, no pretendía que tú te sintieras relegado.

William también le lanzó la pregunta:

—¿A dónde vas?

Soledad ocultó su mirada, con la vista en el suelo, mientras luchaba por detener sus lágrimas, expresó:

—No sé, tengo que ir donde mi familia y la familia de David no me alcancen.

William levantó
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