Soledad —dijo David, elevando un poco el muro que siempre lo separaba de ella—, Andrea debe guardar reposo, tendremos mucho tiempo para hablar después.
Ella lo miró sin resentimiento, estaba lista para dejar todo atrás. Jordano llevó a Isabel a dormir e impulsó a Andrea a hacer lo mismo.
Soledad tomó un poco más de vino y preguntó a David:
—¿Por qué me negaste, David? Varias veces te pregunté sobre tu esposa y no pudiste decir que era yo, ¿por qué?
Sus lágrimas bañaron su rostro. David intentó consolarla, y cuando sus manos limpiaron las lágrimas deslizándose por sus mejillas pálidas, sus ojos verdes se clavaron en esos rasgos que tanto había amado. De repente, su cercanía hizo que sus labios se rosaran. Luego, entre beso y beso, despojaron la ropa de sus cuerpos, inmersos en una pasión distorsionada que los fusionó a los dos en una sola alma.
Al día siguiente, cuando Soledad despertó, vio unos documentos. Después de leerlos, encontró el vacío en su cama, el dolor en su cuerpo y