Claudia sonreía mientras caminaba con paso firme a la facultad de jurisprudencia, su sueño inconcluso empezaba hacerse palpable, no iba a comprar un título, no necesitaba sobornar a un profesor, ella estaba lista, había nacido para eso, un aire de soberbia en su semblante y un portafolio de papeles, en su cartera, miró su futuro con esperanza…
A unas cuadras no muy lejos de la facultad en su pulcra oficinal el fiscal Hernández terminó de revisar los archivos del caso de Soledad, desestimada la usurpación de nombre, hecha añicos la denuncia por secuestro y el fraude civil de un matrimonio que ya no existía. Pensó en Claudia como un puñal abriendo su carne, pero en el fondo le deseó lo mejor. Cansado como estaba cerró los ojos. Sin previo aviso entró Ángel de las Casas a desempolvar un pasado que estaba semienterrado.
El traje azul oscuro, los zapatos negros, la serenidad de su rostro en contraste con el desastre emocional que aún consumía a Hernández.
—Fiscal Hernández buenas tardes—S