El humo negro aún se eleva débilmente de los restos del ala exterior de la Clínica Valderrama. El olor a cables quemados y hormigón carbonizado impregna el aire matutino de la fría Medellín.
En medio de los escombros, Valentina permanece de pie con un largo abrigo de lana que envuelve su cuerpo, cubriendo su vientre cada vez más prominente. Sus ojos ya no muestran miedo; solo hay un cálculo agudo.
En su mano, sostiene una tableta médica que contiene los datos de respaldo que logró robar la noc