Esa noche en Medellín no trajo tormenta, solo una llovizna fina que golpeaba los cristales de la ventana del cuarto como un susurro inquieto.
Dentro de aquel cuarto repleto de lujo, la luz solo provenía de una pequeña lámpara de mesa tenue, que proyectaba largas sombras que bailaban en las paredes.
Valentina acababa de despertar de su siesta. El efecto de los tranquilizantes comenzaba a desaparecer, dejando un dolor muscular por todo su cuerpo.
Cuando se giró, descubrió que Sebastián seguía a