El aire en Medellín esa mañana se sentía limpio después de la lluvia de la noche anterior, como si la naturaleza misma supiera que se avecinaba una gran purificación.
En la habitación principal de la Mansión El Poblado, Valentina ya no yacía débil. Aunque aún necesitaba descansar, estaba sentada erguida en su sillón tapizado, vestida con una bata de seda de un negro profundo, con una laptop en sus piernas.
A su lado, Sebastián permanecía de pie erguido, vestido con un impecable traje de tres