Los restos del beso forzado de Sebastián aún se sentían como una quemadura en los labios de Valentina. Esa mañana, estaba sentada en la larga mesa del comedor, mirando fijamente su plato de porcelana sin ganas de comer. Al otro extremo, Sebastián permanecía sentado con los hombros todavía rígidos debido a los apósitos que llevaba debajo de su camisa de seda azul. El ambiente en el comedor era tan silencioso que el sonido del tenedor de plata al chocar contra el plato resonaba como el tañido de