El Rolls-Royce atravesaba a toda velocidad las calles oscuras de Medellín, llevando a Valentina de vuelta a su jaula de oro. Dentro de la cabina insonorizada, la respiración de Valentina aún estaba entrecortada. Sus dedos apretaban con fuerza la pequeña memoria USB que había encontrado entre los escombros del almacén farmacéutico un objeto pequeño que ahora se sentía como brasas ardientes en la palma de su mano.
Sebastián estaba sentado a su lado; su rostro estaba esculpido por una ira pura. El