Bogotá aún está envuelta en una ligera neblina cuando Elena Santoro entra en la Clínica Santa Fe. Debajo del bolsillo de su uniforme blanco, el teléfono secreto le parece un trozo de hielo que quema su piel.
El mensaje de Sebastián de la noche anterior sobre los lirios blancos en una tumba vacía era una advertencia de que su "muerte" no fue más que una obra de teatro cuyo guion comienza a desmoronarse.
Elena se detiene un instante frente al mostrador de recepción, asegurándose de que su corazó