La luz del alba se coló por la rendija de las cortinas automáticas controladas por el sistema central de la mansión. Para Valentina, esa luz ya no era un símbolo de esperanza, sino un recordatorio de que seguía atrapada en esa jaula de oro que su marido acababa de cerrar con llave.
Despertó acurrucada sobre la gruesa alfombra delante de la puerta de acero. Sus ojos estaban hinchados, su garganta seca por los gritos que nadie escuchó durante la noche. En su vientre, el bebé le dio un pequeño pun