Esa noche, la Mansión El Poblado parecía más una fría catedral antigua que una casa.
Si normalmente la mansión estaba llena de sirvientes que pasaban de un lado a otro, esa noche el ambiente era silencioso, como si el oxígeno de la habitación hubiera sido absorbido por la presencia de una sola persona.
En el comedor principal, cuya larga mesa estaba hecha de madera de teca negra de cientos de años de antigüedad, se sentaba el patriarca Mateo Valderrama.
Mateo no parecía un anciano débil. A su