El rugido de la alarma de seguridad de la clínica resonaba en las paredes de mármol, creando una sinfonía de pánico sofocante.
Isabella permanecía inmóvil; su rostro hermoso, que solía estar lleno de arrogancia, ahora estaba pálido como la cera. Miraba la pantalla de la tableta en la mano de Valentina, donde aparecían números digitales que continuaban la cuenta atrás: 09:52... 09:51...
"¡Deténlo, Valentina! ¡No sabes lo que estás haciendo!" gritó Isabella, su voz aguda por encima del ruido de