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El palacio siempre había sido jaula, pero ahora las barras eran visibles.

Catalina observaba desde la ventana de su habitación—la única ventana que todavía le permitían abrir, y solo porque daba a un patio interior rodeado por muros de tres metros—mientras el sol se ponía sobre los jardines que ya no podía caminar. Tres semanas. Habían pasado tres semanas desde que regresó del hospital, desde que negoció

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