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Las horas se arrastraban como vidrio roto sobre piel expuesta. Camila permanecía en el sofá del salón principal donde Marcus la había dejado, observando las manecillas del reloj de pared moverse con una lentitud que parecía diseñada para torturarla. Cada segundo que pasaba sin noticias era tanto un alivio como una agonía.

Tres de la mañana se convirtieron en cuatro. Luego cinco. El amanecer comenzó a filtrarse por las ventanas, pintando el mundo en tonos grises que coincidían perfectamente con e
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