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Lo que Catalina nunca dijo fue dicho, finalmente, en la cocina de un apartamento en Ginebra, a las once de la mañana, con el café enfriándose en las tazas y Gabriel Ricardo dormido en su cuna.

No hubo preámbulo. No hubo ensayo.

Catalina entró sin llamar —nunca llamaba, ese era uno de sus defectos más constantes— y encontró a Camila de pie frente a la ventana con el teléfono en la mano y la mandíbula tensa

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