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Cuando el diablo cobra su deuda, no acepta moneda—solo almas.

La pantalla del ordenador portátil proyectaba un resplandor azulado sobre los rostros reunidos en la sala de conferencias del sexto piso. Alejandro observaba esa luz con una sensación de presagio que le erizaba la piel. Habían pasado exactamente cuarenta y ocho horas desde que los gemelos recibieron el compuesto Beltrán, treinta y seis desde que Gabriel exhaló su último aliento

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