El juzgado olía a papel viejo y a calefacción encendida demasiado temprano.
Valeria llegó a las ocho y cuarenta y cinco con el Licenciado Venegas a su lado y la carpeta azul bajo el brazo. Había dormido poco, pero se había levantado con esa claridad particular de los días en que el cuerpo sabe que no puede permitirse el lujo de estar cansado. Se había vestido despacio, con el traje azul marino que llevaba semanas esperando en la puerta del armario, y había desayunado de pie en la cocina mientra