George se alarmó, Lenis se veía muy mal. Así que se acercó a ella para auxiliarla en lo que pudiese, pero Lenis no dejó que la tocase.
Las manos del abogado quedaron en vilo. La secretaria se recuperó un poco del dolor en el estómago estando ya de pie, al igual que él. Luego, alzó la cabeza y lo miró.
George tragó grueso. El gris de los ojos de Lenis se había transformado en acero.
—Adelanta esa historia, J. Miller —dijo, con la voz cambiada—. ¿En qué momento fue que comenzaron a engañarme?