—Disculpa, no quise…
Él se enderezó en su silla al ver a Lenis de pie bajo el umbral. Colocó la imagen boca abajo sobre la madera de su escritorio.
—No te desculpes —dijo él, carraspeando su garganta—. Pensé que seguías dormida.
Lenis se recostó en el marco de la puerta y se extrañó que no la invitara a pasar.
Observó el escritorio: la computadora de mesa estaba apagada, no sonaba ninguna canción, tampoco veía carpetas abiertas o documentos de ningún tipo. Lo único que podía observar era un pap