CRHIS.
El peso de Aura en mis brazos se siente alarmantemente real; es una fragilidad que me oprime el pecho. Sus pestañas no se mueven y su respiración es tan tenue que, por un segundo, el pánico amenaza con nublar mi juicio. La sostengo con firmeza, asegurándome de que su cabeza descanse contra mi corazón.
— Amaral, Elisa, escúchenme —digo, tratando de que mi voz no tiemble mientras busco la mirada de mis hermanas—. Quédense con Lili. No la dejen sola ni un segundo, cuiden de ella hasta que y