El sol apenas comenzaba a asomarse por el horizonte cuando la mansión despertó en un bullicio inusual. Las maletas estaban alineadas en el vestíbulo, y los niños saltaban de emoción alrededor de ellas, como dos pequeños resortes imposibles de contener.
—¡Mamá! ¿Ya podemos irnos? —gritó Alessandro, tirando de mi manga con una energía que solo los niños de seis años poseen.
—Casi, cariño. Solo esperamos a Beatriz.
—¡Beatriz viene con nosotros! —exclamó Eric, saltando de alegría—. ¡Va a ver el mar