Mientras Siena y Victoria descienden por la escalera, escoltadas por Franco, la imagen que proyectan alcanza a dominar toda la escena. La luz proveniente del vitral tras ellos hace que sus siluetas resalten aún más. Kirsteen los observa desde cierta distancia y, contrario a la imagen decaída que podría esperarse de ella, mantiene la espalda recta, el mentón levemente alzado y la mirada filosa, llena de dignidad, como si esa simple postura pudiera protegerla del peso invisible que sabe que, de un momento a otro, caerá sobre sus hombros.
Y no pasa mucho para que eso suceda.
Su mano se cierra alrededor de la cartera con un gesto instintivo cuando percibe que algunas miradas se vuelven hacia ella. No todas son abiertas ni evidentes; la mayoría son rápidas, calculadas, deslizándose sobre su figura con curiosidad, juicio o simple morbo ante cómo reaccionará. Kirsteen reconoce ese tipo de atención. No es nueva para ella.
Obligándose a suavizar la expresión, dibuja una sonrisa correcta, medid