El reloj de la estancia comienza a sanar avisando a todos los habitantes de la casa que acaban de dar las cinco de la tarde. En el jardín, la luz dorada y cálida de la tarde tiñe las hojas que forman un manto en tonos naranjas y ocres. El aire huele a tierra húmeda y a flores silvestres.
En una zona apartada del porche, Siena corre hacia el árbol que sirve como “casa” para juego, pero aún cuando lo intenta con todas sus fuerzas, no logra llegar antes de que Victoria toque primero.
—¡Gané! —exclama con emoción mientras hace su típico baile del triunfo.
Siena sonríe mientras recoge su cabello en un moño alto.
—Bien…ahora me toca —su voz sale cortada por la carrera previa.
—¡Pero no hagas trampa mami!
Siena finge indignación ante la acusación, cubriendo sus ojos, se apoya contra el árbol y comienza a contar.
—Uno… dos… tres…
Victoria ríe encantada y sin dudarlo ni un momento sale disparada hacia el otro lado del jardín, sus cabello bailando en el viento. Alexander, sentado en el porc