—¿Qué… qué dijiste?
Skye observa a Siena como quien mira a una persona a la que de pronto le hubiese salido otra cabeza; simplemente no encuentra una forma fácil de asimilar las palabras que acaba de escuchar.
—¿Es una broma, verdad? —pregunta en tono vacilante, su cerebro aún sin poder procesar del todo esa confesión—. ¿Te estás desquitando por la broma que te hice sobre el chico del rugby? Si es así, créeme que acabas de ganar, tu broma es mucho más pesada que la mía.
Siena no puede culpar a