—¿Qué… qué dijiste?
Skye observa a Siena como quien mira a una persona a la que de pronto le hubiese salido otra cabeza; simplemente no encuentra una forma fácil de asimilar las palabras que acaba de escuchar.
—¿Es una broma, verdad? —pregunta en tono vacilante, su cerebro aún sin poder procesar del todo esa confesión—. ¿Te estás desquitando por la broma que te hice sobre el chico del rugby? Si es así, créeme que acabas de ganar, tu broma es mucho más pesada que la mía.
Siena no puede culpar a su hermana por no querer creer en sus palabras, por no saber cómo procesarlas; después de todo, hasta ahora ella ha sido demasiado reservada en lo que tiene que ver con la identidad del padre de Victoria.
—No —responde con un tono bajo y lleno de culpa—. Aunque quisiera que fuera una broma, lamentablemente no es así. Te estoy diciendo la verdad.
—Pero tú… tú dijiste que no sabías de quién se trataba —agrega mientras comienza a caminar por la habitación—. Recuerdo que te lo pregunté en aquel ento